El pasado viernes 24 de abril, el Departamento de Lenguas y Cultura de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de los Andes recibió la visita de la traductora alemana Silke Kleemann, quien participó en un taller organizado junto con Sonja Polly y Lucía Schmorell, de la Embajada Alemana, y las profesoras Tatjana Louis y Alejandra Enciso.
La jornada reunió a cerca de 40 estudiantes de Lenguas y Cultura con énfasis en alemán, además de estudiantes de cursos de servicio y profesores de cátedra interesados en reflexionar sobre los desafíos contemporáneos de la traducción literaria, el impacto de la inteligencia artificial y la necesidad de preservar la dimensión humana, cultural e interpretativa del oficio. Durante el encuentro, Kleemann compartió su trayectoria académica y profesional, leyó poemas traducidos del español al alemán y propició una conversación sobre las técnicas de traducción, la sonoridad del lenguaje y las transformaciones que atraviesa hoy este campo.
En un contexto marcado por el avance acelerado de la inteligencia artificial, la traducción enfrenta debates sobre la autoría, la calidad y el valor de la interpretación humana. Conversamos con Kleemann acerca del impacto de estas herramientas en el oficio, los retos éticos que plantean y el papel que deben asumir las universidades en la formación de traductores capaces de dialogar críticamente con la tecnología sin perder la profundidad cultural y humana que exige la literatura.
Faciso: ¿Cómo está transformando la inteligencia artificial el rol de los traductores hoy, y qué habilidades serán más esenciales en este nuevo contexto?
Silke Kleemann: Es un tema muy amplio. Yo voy a responder desde mi área de trabajo, que es la traducción literaria. Lamentablemente, allí también nos está afectando el uso de la inteligencia artificial, sobre todo por las expectativas del mercado. Muchas editoriales buscan reducir costos y tiempos de trabajo utilizando estas herramientas.
Sin embargo, muchos colegas y yo en Alemania estamos en una especie de lucha frente a ese movimiento. Existe incluso una campaña llamada Human Translator, porque estamos convencidos de que la inteligencia artificial no puede captar la profundidad humana y cultural que hace valiosa a la literatura.
La IA funciona de una manera más reproductiva, mientras que en la traducción literaria buscamos algo original, un verdadero acto de creación. Por supuesto, tenemos que enfrentarnos a esta realidad y aprender a convivir con ella, pero sigo creyendo que los traductores humanos vamos a seguir siendo necesarios. Lo importante es sostener esa convicción y no rendirse frente a la automatización.
Faciso: ¿Cuáles son los principales desafíos éticos que surgen con el uso de herramientas de inteligencia artificial en la traducción, especialmente en términos de autoría y fidelidad al texto original?
Silke Kleemann: Uno de los primeros desafíos éticos es la autoría. Hoy vemos muchos textos creados con inteligencia artificial y eso abre preguntas fundamentales sobre quién hizo realmente el trabajo y cómo se reconoce esa autoría.
También creo que es importante hacer visible cuándo se utiliza inteligencia artificial en los procesos de creación y traducción. En Alemania, por ejemplo, ya existen muchas publicaciones hechas con IA, especialmente en plataformas comerciales, y para los lectores es muy difícil identificar qué fue producido por una persona y qué fue generado automáticamente.
Eso afecta no solo la transparencia, sino también la percepción de calidad. A veces se pone en el mismo nivel un trabajo humano, cuidadoso y profundo, con contenidos producidos en pocos minutos. Por eso creo que también hay una demanda política y cultural: crear mecanismos que protejan más a los autores y traductores, y que permitan reconocer el valor del trabajo humano.
Faciso: ¿Cómo pueden los programas de lenguas y traducción preparar mejor a los estudiantes para trabajar junto a la inteligencia artificial sin perder la profundidad humana, cultural e interpretativa que exige la traducción?
Silke Kleemann: Creo que lo más importante es seguir haciendo énfasis en el valor de la dimensión humana de la traducción. Claro, las herramientas de inteligencia artificial son tentadoras. A mí misma me pasa: a veces pienso ¿por qué voy a tardar tanto si puedo poner media página en Google Translate o DeepL y obtener una versión inmediata?
Pero justamente ahí está el reto. Las costumbres están cambiando muy rápido y también las expectativas sobre lo que se considera una “buena traducción”. Por eso, una tarea fundamental de las universidades es enseñar que existe una diferencia profunda entre una traducción automática y una traducción de calidad, capaz de interpretar contextos culturales, tonos, matices y sentidos humanos.
Esa sería, para mí, la principal misión: transmitirles a las nuevas generaciones que esa diferencia existe y que sigue siendo esencial, incluso en un contexto dominado por la inteligencia artificial.