Desde la Amazonía hasta el Pacífico colombiano, las mujeres han construido formas de resistencia, cuidado y defensa de la vida a partir de sus saberes territoriales, ancestrales y comunitarios. En medio de contextos marcados por la violencia, las desigualdades y las disputas por el territorio, lideresas sociales y defensoras ambientales reivindican el papel de las mujeres como guardianas de la memoria, la paz y la sostenibilidad de sus comunidades.
Esta conversación reúne dos voces que, desde distintas experiencias culturales y territoriales, reflexionan sobre el valor de los diálogos entre mujeres y la necesidad de reconocer sus conocimientos como fundamentales para el presente y el futuro del país.
Magaly Belalcázar Organización Mujeres, Amazonía y Paz
Faciso: ¿Cómo se relacionan las luchas de las mujeres con la defensa de la Amazonía y los territorios?
Magaly Belalcázar: Para nosotras, desde el ecofeminismo y desde la experiencia de las mujeres rurales, estas luchas están profundamente conectadas; nuestras luchas articulan la justicia agraria, la justicia ambiental y la justicia género. La defensa de los derechos de las mujeres no puede separarse de la defensa del territorio, porque el territorio es el piso político que sostiene nuestra vida y garantías.
Existe una relación muy estrecha entre el cuerpo y la tierra: así como defendemos nuestro cuerpo, defendemos también el territorio que habitamos, en este caso la Amazonía y sus ecosistemas. Por eso, las mujeres estamos al frente del cuidado del agua y de las microcuencas; somos guardianas de las semillas y protectoras de todo lo relacionado con la seguridad y la soberanía alimentaria.
Cuidar la Amazonía implica reconocer los desafíos que enfrentamos las mujeres defensoras ambientales. En los contextos global, nacional y regional todavía no existen suficientes garantías para ejercer esta labor de defensa. Sin embargo, seguimos haciéndolo porque tenemos la convicción de que, el día en que las mujeres dejemos de cuidar la vida y los territorios, también estará en riesgo la humanidad.
Faciso: ¿Qué significa construir paz desde la experiencia y los saberes de las mujeres?
Magaly Belalcázar: Las mujeres construimos paz desde la cotidianidad. Esto significa asumir una postura antimilitarista, porque no estamos de acuerdo con ningún actor armado. Consideramos que quien se arma, desde lógicas machistas, termina ejerciendo presión y violencia sobre los derechos de las mujeres. Cada vez que existe un actor armado hay afectaciones permanentes a nuestras vidas y derechos. Por eso creemos que la paz no se construye a través de las armas, sino desde las relaciones humanas, el cuidado y el trabajo colectivo. Construimos paz cuando tejemos con otras, cuando sembramos junto a otras mujeres, cuando articulamos procesos y fortalecemos redes de apoyo. También lo hacemos al mantener viva la sororidad, la hermandad y la construcción colectiva, sin dejar de lado la transformación individual que nace de nuestras experiencias y vivencias cotidianas.
Faciso: ¿Qué importancia tiene generar diálogos entre mujeres de distintos territorios y contextos culturales?
Magaly Belalcázar: Es fundamental porque cada comunidad tiene formas diferentes de habitar, cuidar y defender la vida. No es igual la experiencia de las mujeres indígenas, campesinas o afrodescendientes, y tampoco son iguales sus luchas, sus acciones y sus apuestas, ya que estas responden a las particularidades de cada territorio.
Por eso son tan importantes los encuentros, círculos y espacios de intercambio entre mujeres. Permiten conocer, por ejemplo, cómo las mujeres parteras, cuidadoras y defensoras de Buenaventura protegen sus comunidades, o cómo lo hacen las mujeres del Guainía, Caquetá, Putumayo o Amazonas desde sus prácticas culturales y ancestrales.
Estos diálogos ayudan a fortalecer y mantener vivas las culturas campesinas, indígenas, populares, ancestrales y comunitarias, no como algo pasajero o de moda, sino como una práctica constante que debe estar presente en todas las agendas sociales y políticas. Allí también se comparten los saberes alrededor de la siembra, la cosecha, las formas de cuidado, los rituales y las maneras de relacionarnos y defender la vida. Además, conocer las experiencias de otras mujeres permite aprender mutuamente. Muchas de las acciones que desarrollan las mujeres de los Montes de María pueden servir en el contexto amazónico, así como las experiencias de las mujeres del Caquetá pueden aportar a otros territorios.
Faciso: ¿Qué importancia tiene generar diálogos entre mujeres de distintos territorios y contextos culturales?
Magaly Belalcázar: Es fundamental porque cada comunidad tiene formas diferentes de habitar, cuidar y defender la vida. No es igual la experiencia de las mujeres indígenas, campesinas o afrodescendientes, y tampoco son iguales sus luchas, sus acciones y sus apuestas, ya que estas responden a las particularidades de cada territorio.
Por eso son tan importantes los encuentros, círculos y espacios de intercambio entre mujeres. Permiten conocer, por ejemplo, cómo las mujeres parteras, cuidadoras y defensoras de Buenaventura protegen sus comunidades, o cómo lo hacen las mujeres del Guainía, Caquetá, Putumayo o Amazonas desde sus prácticas culturales y ancestrales.
Estos diálogos ayudan a fortalecer y mantener vivas las culturas campesinas, indígenas, populares, ancestrales y comunitarias, no como algo pasajero o de moda, sino como una práctica constante que debe estar presente en todas las agendas sociales y políticas. Allí también se comparten los saberes alrededor de la siembra, la cosecha, las formas de cuidado, los rituales y las maneras de relacionarnos y defender la vida. Además, conocer las experiencias de otras mujeres permite aprender mutuamente. Muchas de las acciones que desarrollan las mujeres de los Montes de María pueden servir en el contexto amazónico, así como las experiencias de las mujeres del Caquetá pueden aportar a otros territorios.
Angélica Badillo Ruta Pacífica de las Mujeres
Faciso: ¿Qué saberes y formas de resistencia han construido las mujeres frente a las violencias y desigualdades históricas del territorio?
Angélica Badillo: En mi experiencia de más de veintiséis años como activista y voluntaria en la Ruta Pacífica de las Mujeres, he comprendido que las mujeres han construido formas de resistencia no violenta en defensa de la vida, la memoria y la dignidad, en medio de contextos atravesados por la guerra, el continuum de las violencias y el patriarcado. Estas resistencias no solo se expresan en escenarios de denuncia pública, sino también en prácticas cotidianas y simbólicas como el tejido, el canto, la oralidad, el silencio colectivo, las movilizaciones, los rituales, las ollas comunitarias, las acciones artísticas y el acompañamiento entre mujeres. Son saberes que emergen desde el cuerpo y el territorio, entendidos como espacios políticos de resistencia y sanación.
En mi tesis de maestría, Una década de movilizaciones. Ruta Pacífica de las Mujeres Santander 2001-2011, analicé cómo las mujeres construyen nuevos significados y subjetividades a partir de la acción colectiva y de diversas formas de hacer memoria: con el cuerpo, los silencios y las prácticas cotidianas. Allí comprendí que las acciones de la Ruta no constituyen únicamente formas de protesta, sino también procesos de transformación subjetiva y colectiva, en los que las emociones, las redes de afecto y las solidaridades permiten resistir a la militarización de la vida civil, a las violencias contra las mujeres y a las dinámicas de la guerra.
En mi artículo La memoria puesta en escena: Ruta Pacífica de las Mujeres Colombianas, planteé que la Ruta Pacífica materializa la memoria a través de los plantones de Mujeres de Negro, convirtiendo la calle en un escenario político y simbólico desde el cual las mujeres denuncian la guerra y disputan las memorias oficiales del conflicto armado. Estas prácticas permiten transformar el duelo en acción política y construir una ética feminista y antimilitarista basada en la no violencia, el cuidado y la defensa de la vida.
Faciso: ¿Qué saberes y formas de resistencia han construido las mujeres frente a las violencias y desigualdades históricas del territorio?
Angélica Badillo: En mi experiencia de más de veintiséis años como activista y voluntaria en la Ruta Pacífica de las Mujeres, he comprendido que las mujeres han construido formas de resistencia no violenta en defensa de la vida, la memoria y la dignidad, en medio de contextos atravesados por la guerra, el continuum de las violencias y el patriarcado. Estas resistencias no solo se expresan en escenarios de denuncia pública, sino también en prácticas cotidianas y simbólicas como el tejido, el canto, la oralidad, el silencio colectivo, las movilizaciones, los rituales, las ollas comunitarias, las acciones artísticas y el acompañamiento entre mujeres. Son saberes que emergen desde el cuerpo y el territorio, entendidos como espacios políticos de resistencia y sanación.
En mi tesis de maestría, Una década de movilizaciones. Ruta Pacífica de las Mujeres Santander 2001-2011, analicé cómo las mujeres construyen nuevos significados y subjetividades a partir de la acción colectiva y de diversas formas de hacer memoria: con el cuerpo, los silencios y las prácticas cotidianas. Allí comprendí que las acciones de la Ruta no constituyen únicamente formas de protesta, sino también procesos de transformación subjetiva y colectiva, en los que las emociones, las redes de afecto y las solidaridades permiten resistir a la militarización de la vida civil, a las violencias contra las mujeres y a las dinámicas de la guerra.
En mi artículo La memoria puesta en escena: Ruta Pacífica de las Mujeres Colombianas, planteé que la Ruta Pacífica materializa la memoria a través de los plantones de Mujeres de Negro, convirtiendo la calle en un escenario político y simbólico desde el cual las mujeres denuncian la guerra y disputan las memorias oficiales del conflicto armado. Estas prácticas permiten transformar el duelo en acción política y construir una ética feminista y antimilitarista basada en la no violencia, el cuidado y la defensa de la vida.
Faciso: En territorios como Ruta Pacífica de las Mujeres, convergen saberes ancestrales, comunitarios y académicos, ¿cómo puede construirse un diálogo más horizontal entre estas formas de conocimiento?
Angélica Badillo: Construir un diálogo horizontal implica reconocer que el conocimiento no es exclusivo de la academia y que las comunidades han producido históricamente formas legítimas de pensamiento, interpretación y transformación social. Durante mucho tiempo, las instituciones académicas han operado desde lógicas coloniales que jerarquizan ciertos saberes y subordinan otros, especialmente los conocimientos ancestrales, populares y comunitarios. Esto ha significado invisibilizar prácticas y epistemologías construidas desde la experiencia colectiva de comunidades negras, indígenas y campesinas.
Desde mi práctica académica y como activista, he reflexionado sobre la necesidad de reconocer las voces subalternas que emergen en los movimientos sociales de mujeres, en sus diferencias y diversidades: quién puede hablar y quién es escuchado. Las mujeres de la Ruta salimos a la calle y a la movilización desde el deseo de construir una vida sin violencias ni guerras. La academia debe abrir posibilidades para escuchar y validar las voces comunitarias, construyendo procesos desde la escucha, la cocreación y el reconocimiento mutuo.
Como trabajadora social, artista e investigadora, considero que el arte, las metodologías participativas, la memoria oral, las narrativas comunitarias y las prácticas simbólicas permiten encuentros más cercanos a la vida de las personas. En la Ruta Pacífica aprendí que el cuerpo, el performance y las acciones simbólicas también producen conocimiento y memoria.
Faciso: ¿Cuáles consideras que son hoy los principales desafíos para que las voces, experiencias y saberes de las mujeres de la Ruta Pacífica sean reconocidos en escenarios académicos, políticos y culturales del país?
Angélica Badillo: Muchas veces las mujeres son convocadas únicamente para narrar el dolor o la victimización, pero no para ser reconocidas como sujetas políticas, creadoras de conocimiento y constructoras de propuestas colectivas. Aún persiste la invisibilización de los aportes de las mujeres en distintos espacios sociales, académicos y políticos. La invitación es a construir puentes y a mirar, desde otras perspectivas, los aportes de los movimientos de mujeres a la paz, al cambio social y a las transformaciones cotidianas que impulsan cuando participan y se organizan.
La escucha activa de sus voces y la cocreación desde distintos lugares son fundamentales para juntarnos y transformarnos colectivamente. Construir confianzas entre la institucionalidad, la academia y los movimientos o redes de mujeres sigue siendo un desafío vigente. Aunque hoy existen más ejercicios de visibilización y reconocimiento, estos continúan siendo insuficientes. Por ello, reconocer las voces y saberes de las mujeres implica transformar las formas tradicionales de producción de conocimiento, de representación política y de construcción cultural. Significa seguir fortaleciendo espacios de participación e incidencia, pero también reconocer que sus experiencias contienen apuestas políticas y comunitarias fundamentales para imaginar otros horizontes de paz y una vida libre de violencias para las mujeres.