Una investigación de Laura Zambrano revela cómo las comunidades afrocolombianas construyen formas autónomas de protección y resistencia no violenta en medio del conflicto
En los territorios donde el Estado llega de manera fragmentada y la violencia sigue marcando la vida cotidiana, las comunidades no han permanecido pasivas. Por el contrario, han desarrollado sus propias formas de protección, organización y construcción de paz. Así lo demuestra la investigación de Laura Zambrano, egresada de la Maestría en Construcción de Paz de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de los Andes, centrada en el papel de las guardias cimarronas.
Su trabajo no solo documenta estas experiencias, sino que plantea un giro en la forma de entender la seguridad y la paz en Colombia: “las comunidades constantemente disputan la permanencia de la violencia en su vida cotidiana”, explica Zambrano.
Protección sin armas, otra forma de entender la seguridad
Uno de los hallazgos centrales de la investigación es que las guardias cimarronas representan modelos de protección no armada, basados en la organización comunitaria, el diálogo y la autoridad colectiva.
Lejos de los esquemas tradicionales de seguridad, estas iniciativas promueven alternativas como las guardias estudiantiles, en las que niños y niñas asumen roles de regulación en sus entornos escolares, contribuyendo a prevenir fenómenos como el reclutamiento forzado. También priorizan el diálogo como primera línea de defensa: “más que prevenir el conflicto, este debe ser abordado a través de la palabra”, señala la investigadora.
Estas prácticas, además, generan confianza en las comunidades y, en algunos casos, incluso articulación con actores institucionales como la fuerza pública.
De la invisibilidad al reconocimiento
El estudio también tuvo un impacto directo en el ámbito institucional. Durante años, las guardias cimarronas enfrentaron una desventaja jurídica frente a otras formas de organización comunitaria, como las guardias indígenas.
Ese panorama empieza a cambiar. A partir de insumos como esta investigación, se logró su reconocimiento en la actualización del Decreto 4635 de 2011. Sin embargo, Zambrano advierte que este es apenas un primer paso: “el reto hoy es generar programas y políticas que también las fortalezcan”, especialmente en articulación con la justicia propia, la prevención del reclutamiento y el gobierno territorial.
Resistir en medio del conflicto
Más allá del diseño de políticas, la investigación deja una lección de fondo: no subestimar la capacidad de las comunidades para protegerse y transformar sus realidades.
En palabras de Zambrano, estas experiencias muestran cómo las comunidades “resisten a que actores armados o economías ilegales definan el rumbo de sus proyectos de vida” y, al mismo tiempo, construyen alternativas de convivencia en medio del conflicto.
Esa construcción se da en lo cotidiano: en los recorridos territoriales, en la resolución de conflictos internos y en el cuidado colectivo. “La paz no se construye en lo abstracto”, afirma, sino en acciones concretas que buscan transformar las condiciones de vida.
Investigar para incidir
La experiencia también plantea preguntas sobre el papel de la academia. Para Zambrano, investigar en temas de paz implica ir más allá de la observación: requiere una postura ética y política que contribuya a las luchas de las comunidades.
En esa línea, destaca la importancia de producir conocimiento útil y accesible, capaz de incidir tanto en políticas públicas como en la comprensión social del conflicto.
En el plano profesional, Zambrano continúa enfocándose en el diálogo social como herramienta para articular comunidades e instituciones. En lo académico, proyecta profundizar en estos temas a través de estudios doctorales.
Su apuesta es clara: que el conocimiento no solo explique la realidad, sino que contribuya a transformarla. Porque, como recuerdan líderes del Cauca, y retoma su investigación, el horizonte sigue siendo el mismo: avanzar “hasta que la dignidad se haga costumbre”.