En un mundo complejo, que cambia a una velocidad acelerada y sin un rumbo tan claramente definido, en donde tenemos la impresión de que cualquier cosa puede suceder, debemos abrir una plantearnos una pregunta clave para nuestro desarrollo profesional, pero, sobre todo, para nuestro propio bienestar:
¿cómo desarrollo el liderazgo y cómo me convierto en mi mejor versión de líder?
Y es que hablar de liderazgo lleva consigo algunos paradigmas mentales y mitos que debemos replantear. Por ejemplo, para muchos, el liderazgo es un tema reservado para las personas que gestionan equipos de personas o que están en posiciones de jefaturas o de alta dirección. Para otras personas, el liderazgo es una habilidad limitada al entorno del trabajo, y que es solo allí en donde se desarrolla y se utiliza. Podríamos decir, entonces, que para muchas personas el liderazgo se ve como algo lejano, como algo que “no me toca”. Vamos a ver que esto no es así, y que el liderazgo es de todos y para todos.
Aunque es cierto que hay múltiples definiciones de qué es liderazgo, también es cierto que muchas de ellas concuerdan al afirmar que el liderazgo está vinculado con la capacidad para influir positivamente en otras personas para guiarlos hacia el logro de objetivos compartidos. Esto quiere decir que las definiciones de liderazgo resaltan su naturaleza de ser un proceso social presente en la interacción con otras personas.
Sin embargo, no podemos olvidar que, para poder influir positivamente en otros, debo primero hacer un trabajo interno, conmigo mismo, yo con yo. Esto queda evidente cuando vemos cómo ocurre el desarrollo del liderazgo y nos encontramos con que el primer nivel o etapa de este camino consiste en aprender a liderarse a sí mismo.
¿Qué implica ello? Liderarse a sí mismo está relacionado con el autoconocimiento y la gestión de nuestros propios pensamientos, emociones y hábitos. No basta con buscar herramientas y espacios que nos permitan acercarnos a nuestra propia esencia. Implica también actuar sobre ella, ajustar aquellas cosas que no funcionan bien o que no nos generan bienestar, y mejorar permanentemente a lo largo de nuestra vida. En palabras de algunos psicólogos y coaches, implica hacernos cargo de nosotros mismos. Esto es, reconocer que yo soy dueño de lo que pienso, de lo que experimento, de lo que hago (y de lo que no hago). Y como dueño de sí mismos, tenemos la posibilidad de actuar y de ajustar lo que haga falta.
Llega a mi cabeza la famosa frase que escuchamos cuando estamos en un avión, listos para despegar y nos están recordando las normativas de seguridad: “antes de ayudar a otros, asegúrese de que su propia máscara está bien puesta”. Quizás, hasta aquí, la idea de liderarse a sí mismo suene lógico y hasta sencillo. Sin embargo, no lo es. Liderarse a sí mismo implica un ejercicio consciente, deliberado y permanente, que dura mientras estemos vivos. No basta con tener ganas de ser mejores; requiere de valentía, disciplina y constancia, así como de una postura crítica que nos permita ver qué estamos haciendo bien y qué debemos mejorar.
También implica humildad y apertura, para permitir que otras personas nos digan cómo nos perciben, para que los demás nos permitan vernos a nosotros mismos a través de ellos. Esto nos conecta con la segunda fase del desarrollo de liderazgo: liderar a otras personas. Pero, antes de sumergirnos en esa fase, es necesario valorar algunas implicaciones de la primera. Liderarse a sí mismo implica, entonces, que todas las personas que habitamos el planeta podemos y tenemos que ser líderes. Sí, el liderazgo no es algo reservado para unos pocos. Por el contrario, es una capacidad que todos estamos llamados a desarrollar. Al menos hasta cierto nivel.
Llegamos así entonces a la segunda fase: liderar a otros.
Esta es la noción más común del liderazgo que, como veíamos en la definición misma, implica aprender a influir positivamente en otras personas para guiarlos a logro de metas compartidas. Una vez que hemos trabajado en nosotros mismos, que nos conocemos y que nos autogestionamos, estaremos mejor preparados para dar el salto de empezar a acompañar a otras personas. Sin lugar a duda, este es uno de los pasos más complejos de todo el liderazgo.
Si liderarse a sí mismo implica conocer y gestionar los propios pensamientos, emociones y hábitos, liderar a otros implica ayudarlos a que se conozcan y se gestionen, desde lo que piensan, lo que sienten y cómo actúan. Con una complejidad adicional, que es que esa gestión se debe orientar hacia el logro de un propósito o una meta compartida. Lograr esto es hacer liderazgo e involucra múltiples competencias que todos los líderes de otras personas deben desarrollar tales como la comunicación, la flexibilidad y la empatía, entre muchas otras. Pero, además, el líder de otras personas no puede perder de vista el logro de los objetivos que se han establecido y, por tanto, otras competencias como la orientación al resultado, la resolución de problemas y la visión de futuro, son también relevantes en el liderazgo.
El liderazgo es, entonces, una capacidad compleja que involucra múltiples competencias para liderar a otros y para lograr resultados, pero también implica la labor permanente de conocerse y de gestionarse a sí mismo. Por tanto, desarrollar el liderazgo es un proceso que no pasa de la noche a la mañana. Es un proceso que requiere que busquemos espacios, como cursos de formación y procesos de coaching y mentoring, que nos permitan desarrollar algunas competencias y que nos inviten al autoconocimiento y la autogestión permanente.
Pero el desarrollo del liderazgo requiere mucho más que esto. Sobre todo, requiere la valentía que implica mirarnos a un espejo, vernos y reconocernos, querernos tal y como somos y, aún así, impulsarnos a aprender y a mejorar permanentemente. Requiere también humildad, para permitir vernos a través de los ojos de otras personas, y para conectar genuinamente con los demás, estableciendo relaciones cercanas de apoyo e influencia mutua, que nos hagan más efectivos en el logro de resultados.
La escalera de desarrollo del liderazgo no termina ahí. Hay otros niveles como el de liderar equipos y liderar organizaciones. Sin embargo, estoy plenamente convencido de que transitar por el liderarse a sí mismo y liderar a otros, nos deja con bases sólidas para afrontar de manera exitosa los otros peldaños de esta escalera llamada Liderazgo.
La Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de los Andes, a través de sus programas de Educación Continua, ofrece espacios de formación diseñados para fortalecer competencias de liderazgo y gestión:
• Coaching educativo: https://educacioncontinua.uniandes.edu.co/coaching-educativo/p
• Ser líder: relaciones que inspiran y resultados que trascienden: https://educacioncontinua.uniandes.edu.co/ser-lider-relaciones-que-inspiran-y-resultados-que-trascienden/p
• Gestión del cambio y transformación organizacional: https://educacioncontinua.uniandes.edu.co/gestion-del-cambio-y-transformacion-organizacional/p
• Coaching ejecutivo y organizacional: https://educacioncontinua.uniandes.edu.co/coaching-ejecutivo-y-organizacional/p
Estos programas integran herramientas prácticas y enfoques estratégicos para potenciar la toma de decisiones, el trabajo en equipo y la capacidad de generar impacto en diferentes contextos.