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Aves y gentes: dialogar saberes y entrelazar conocimientos

Una excepción fue el trabajo del naturalista Leo E. Miller, quien estuvo al frente de cuatro expediciones y escribió crónicas de sus viajes abordando aspectos geográficos y etnográficos de las regiones que visitó
Don Manuel Mayorga NCedeño
Entre 1911 y 1915, investigadores estadounidenses afiliados al Museo Americano de Historia Natural (AMNH, por sus siglas en inglés), en su mayoría hombres blancos, recorrieron Colombia como expedicionarios buscando documentar las aves del país. Frank M. Chapman, líder de las expediciones, sintetizó sus hallazgos en una monografía publicada en 1917, en la que enumeró los lugares que visitaron y las aves que recolectaron, describió la topografía colombiana y sus regiones geográficas, y esbozó hipótesis para explicar la distribución geográfica y la diversidad de las aves del norte de Sur América (Chapman, 1917). En esa monografía y en otros documentos científicos derivados de las expediciones, los nombres de personas colombianas que las apoyaron brillaron por su ausencia.

sabemos poco o nada sobre quiénes fueron los y las colombianas que acompañaron y contribuyeron a las expediciones. En varios relatos se mencionó el apoyo de nativos, pero desconocemos quiénes fueron y cómo percibieron su trabajo como recolectores de aves

Una excepción fue el trabajo del naturalista Leo E. Miller, quien estuvo al frente de cuatro expediciones y escribió crónicas de sus viajes abordando aspectos geográficos y etnográficos de las regiones que visitó. Miller (1918) se refirió a dos hermanos locales que lo acompañaron en el Caquetá y empleaban técnicas diferentes para recolectar aves. Abrán, un “mestizo perezoso y de buen genio … pasaba el día tranquilo, fumando y soñando despierto; así consiguió muchas de las especies tímidas que viven en el suelo, como rascones, tinamúes y hormigueros que uno ve muy raramente mientras se mueve a través de la selva”; Moisés, por su parte, “caminaba muchas millas cada día … [y recolectaba] aves grandes y brillantemente coloreadas, como loros, guacamayas, cotingas y tángaras o micos …, presas dignas de los esfuerzos de un hombre” (Naranjo & Naranjo, 2013, p. 166). 

Aparte de la anécdota de Abrán y Moisés, sabemos poco o nada sobre quiénes fueron los y las colombianas que acompañaron y contribuyeron a las expediciones. En varios relatos se mencionó el apoyo de nativos, pero desconocemos quiénes fueron y cómo percibieron su trabajo como recolectores de aves para el AMNH: “Como suele ocurrir con los “soldados rasos” de las grandes empresas, quienes obtuvieron cada pieza del rompecabezas armado por Chapman, se han desdibujado con el paso de los años a pesar de sus denodados esfuerzos y de sus logros individuales” (Naranjo & Naranjo, 2013, p. 20). 

Expediciones y personajes de 2020 

En 2020 y 2021, como integrantes del programa de investigación Re-Expedición Colombia, recorrimos bosques andinos, húmedos y secos, y selvas amazónicas y del Pacífico colombiano buscando conocer cómo han cambiado las aves y los paisajes de los lugares que visitaron Chapman, Miller y sus acompañantes en la década de 1910. Encontramos aves bellísimas y paisajes sobrecogedores, a la vez que gestamos espacios de encuentro entre el conocimiento científico y el saber tradicional de las personas que cohabitan el territorio con las aves. Establecimos lazos de confianza con comunidades, pedimos permiso para trabajar en sus ambientes e identificamos personas interesadas en participar en la construcción colectiva de conocimiento. Discutimos con ellas la metodología de actividades y el público a convocar, respondiendo a los contextos y necesidades. Invitamos a niños, jóvenes y adultos a conversar con ornitólogos y ornitólogas para compartir conocimientos y reconocer vacíos en las visiones sobre las aves y sus entornos. Pese a que desde un principio diseñamos nuestro proyecto reflexionando sobre la importancia de trabajar con las comunidades locales, nos sorprendimos al descubrir que, además de información sobre las aves, los espacios de encuentro entre el conocimiento científico y el saber tradicional que se generaron aportarían enseñanzas únicas que no se hubieran obtenido de otra manera. 

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Pyrrhura Melanura Berlepschi Keulemans

El mundo es epistemológicamente diverso, una “ecología de saberes” en la que es preciso reconocer “la copresencia de diferentes saberes y la necesidad de estudiar las afinidades, las divergencias, las complementariedades y las contradicciones que existen entre ellos, a fin de maximizar la eficacia de las luchas de resistencia contra la opresión” (de Sousa Santos, 2022, p.32). En nuestro proyecto comprendemos la necesidad de mantener una relación horizontal que reconozca el conocimiento tradicional de las comunidades más allá de informar, pero sabemos que, a pesar de que se creen espacios para el diálogo, existirá tensión. Tenemos voluntad de gestionar las tensiones, pero la búsqueda de horizontalidad de saberes es un proceso sin garantías. Nosotros y nosotras nos hemos preguntado cómo pensar la horizontalidad en el contexto de las expediciones y en la intersección de los conocimientos técnico-expertos de la ornitología y los saberes de diversas personas. No tenemos una respuesta, pero entendemos que enunciar el asunto y buscar espacios de diálogo es fundamental. 

Dialogar 

En 1913, el equipo del AMNH recorrió a lomo de mula el camino real cerca de Fusagasugá, Cundinamarca, por el que nosotros transportamos elementos como tanques de nitrógeno, neveras con hielo seco, redes de niebla, carpas de última tecnología y varios materiales de laboratorio para hacer nuestro trabajo con las aves en 2021. En la vereda los Robles conocimos a Don Manuel Mayorga, quien nos acogió en su territorio tras encontrarnos en el camino en una salida preliminar. Con 87 años viviendo en la región, Don Manuel guarda en su memoria la historia del monte que los expedicionarios investigamos. Su papá llegó a la región en 1872 y desde entonces su familia ha mantenido el predio en el que está su casa. A espaldas de ella se encuentra un bosque que nos maravilló. Don Manuel y su familia han recorrido, visto y escuchado ese lugar como nadie más. Él nos contó que el bosque se ha transformado en el tiempo, destacó la importancia del trabajo que hacemos y nos pidió que divulgáramos lo que allí tienen. Doña Rosa Benavides, en la vereda San Joaquín, nos habló de los colchones de árboles que veía de pequeña desde su casa hasta la punta del filo en el que trabajamos, y que ahora se han convertido en pequeños retazos por la tala. El paisaje ha cambiado, y sólo pudimos saber cómo al dialogar con las personas que han habitado el territorio. 

Nosotros y nosotras nos hemos preguntado cómo pensar la horizontalidad en el contexto de las expediciones y en la intersección de los conocimientos técnico-expertos de la ornitología y los saberes de diversas personas. No tenemos una respuesta, pero entendemos que enunciar el asunto y buscar espacios de diálogo es fundamental.

Chapman y sus colaboradores trabajaron en la Hacienda El Triunfo en Honda, Tolima, y de allí tomaron el camino real con destino a Bogotá, deteniéndose en la posada El Consuelo en Guaduas, Cundinamarca. Ya que la hacienda es bien conocida en la región y siempre ha pertenecido a la misma familia, los Hughes, encontrarla no fue difícil y gracias a la familia pudimos hacer nuestro trabajo allí en 2020. En cambio, El Consuelo ha cambiado de dueños a lo largo de los años. En una primera salida, pensamos que habíamos llegado a la posada y que de ella no quedaban más que muros abrazados por la vegetación. Semanas más tarde, gracias a Don José Nieto y su hijo Brandon, quienes nos dieron indicaciones y nos contactaron con el actual propietario, encontramos la verdadera posada El Consuelo. La sensación de habernos alojado en la misma habitación donde probablemente estuvo Chapman mirando al valle del Magdalena fue indescriptible. Además de encontrar los lugares predilectos para hacer nuestro trabajo, caminar y escuchar nos permitió tener una idea de los cambios que han ocurrido en los territorios y cómo las aves también revelan esos cambios. 

En San Agustín, Huila, estábamos tras varias especies de aves. Dos de ellas eran un tapaculo (Scytalopus rodriguezi) y una lora (Pyrrhura melanura). Al tapaculo lo encontró Juan Sebastián Cerón, uno de los guías que estuvo con nosotros desde la salida de reconocimiento y quien hábilmente, luego de haber recibido entrenamiento de los investigadores, extrajo al ave de la red que usamos para capturarla. A la lora pudimos conocerla de cerca gracias a Rosalino Ortíz, un investigador local, quien con su intuición y experiencia indicó dónde deberíamos ubicar las redes en un sitio de paso para capturar aves del dosel del bosque. 

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Uno de los hallazgos del explorador Leo Miller tras 18 meses de trabajo en Colombia fue el de un área de anidación del gallito de roca, Rupicola peruviana, en el río Naranjos, cerca de San Agustín, Huila. El ave y una cascada de la zona fueron inmortalizadas en esta ilustración de Louis Agassiz Fuertes, también participante en las expediciones del AMNH al país. Casi 110 años después, nuestro equipo de trabajo encontró nuevamente al gallito en la región, lo que inspiró a los dueños del predio donde trabajamos para conservar su parche de bosque y poder mantener al ave cerca. Parte de los talleres sociales que hicimos con la comunidad giraron en torno a la la biología y conservación del gallito (o urraca, como algunos le llamaron).

En Florencia, Caquetá, trabajamos con los Manchola: Eliécer nos acompañó desde la salida de reconocimiento, y la expedición sólo fue posible porque él y su familia nos guiaron y nos hospedaron en su finca en Milán, dejándonos ubicar el laboratorio en su caballeriza. Luego viajaron casi dos horas hasta Roncesvalles Alto para ser parte del taller de apropiación social del conocimiento que organizamos. Una historia similar ocurrió en Mingoya, Barbacoas, un lugar maravilloso pero olvidado del pacífico nariñense. Trabajamos en el bosque mejor conservado que visitamos en los dos años, hospedándonos en el salón comunal de la vereda. En el mismo salón, un mes después de la expedición, cerca de 50 habitantes de la comunidad afrocolombiana de la vereda se reunieron. Cruzaron el río y caminaron para llegar a dialogar con nosotros, a escuchar los hallazgos preliminares que queríamos compartirles y a contarnos sobre la historia del territorio y de sus aves. Hoy la vereda está adornada con un anuncio con fotografías de aves y personas que dice Bienvenidos a Mingoya. 

Entrelazar 

Brandon Nieto resumió lo que esperamos que sea nuestro trabajo: “[Los científicos] las ven en una foto o en un libro, pero no las conocen [a las aves]. Uno las conoce, las escucha, pero no se sabe el nombre. Se debe como entrelazar, ¿no?, la información”. Como ornitólogos y ornitólogas contamos con conocimiento técnico sobre las aves, pero nuestro conocimiento no es el único. Seguiremos pensando y reflexionando sobre maneras en las que podamos continuar haciendo ciencia rigurosa que se entrelace, como señala Brandon, con otras formas de saber, de conocer, en un flujo de doble vía. • 

Referencias:
Chapman, F. M. (1917). The distribution of bird-life in Colombia; a contribution to a biological survey of South America. Bulletin of the American Museum of Natural History, 36, pp. 1-169.
de Sousa Santos B. (2022). El fin del imperio
cognitivo: La afirmación de las epistemologías del Sur Editorial Trotta.
Miller, L. E. (1918). In the Wilds of South America: Six Years of Exploration in Colombia, Venezuela, British Guiana, Peru, Bolivia, Argentina, Paraguay and Brazil. Charles Scribner´s Sons.
Naranjo, L. G & Naranjo, S. (2013). Leo E. Miller, naturalista incógnito: traducción anotada al español de sus crónicas de viaje por Colombia entre 1911 y 1916. Sociedad Antioqueña de Ornitología.

Autores:

Nelsy Niño-Rodríguez, Brandon Nieto, Juliana Soto-Patiño, Andrés M. Cuervo, Jessica Díaz-Cárdenas, Camila Gómez, Natalia Ocampo-Peñuela, David Ocampo, Natalia Pérez-Amaya, Glenn Seeholzer, Andrés Sierra-Ricaurte & Carlos Daniel Cadena 

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