Acá un Q&A sobre El Barrio: la ciencia de vivir juntos, una exposición inmersiva que invita a recorrer la ciudad desde la experiencia y a descubrir que convivir no es algo que ocurre por sí solo: es algo que construimos todos los días.
¿Cómo nació la idea de convertir la investigación en ciencias sociales en una exposición inmersiva sobre la vida urbana?
En los últimos años, junto con la Vicerrectoría de Investigación y Creación, llevamos a la Sala Colpatria exposiciones sobre dinosaurios, tiburones y animales venenosos que permitieron a miles de personas experimentar la ciencia de manera inmersiva. Entonces surgió una pregunta: ¿por qué no hacer una exposición igual de ambiciosa y abierta al público, pero esta vez desde la Facultad de Ciencias Sociales? ¿Por qué no contar sus investigaciones de una forma diferente? Así nació la idea. Al fin y al cabo, no hay mejor manera de hablar de lo social que a través de una experiencia en la que tengan cabida estudiantes, profesores, miembros de la comunidad universitaria, visitantes externos, otras facultades y distintas instituciones.
¿Por qué elegir el barrio como punto de partida para hablar de convivencia y ciudad?
Porque el barrio es el lugar donde lo grande se vuelve cercano. Nadie vive en “la ciudad” o en “la sociedad” de manera abstracta; vivimos en una cuadra, en una esquina, en la panadería de siempre o en el parque al que vamos los domingos. El barrio es la escala más próxima de la vida colectiva: el espacio donde un desconocido se convierte en vecino y donde aprendemos, día tras día y sin manual, a convivir con quienes son distintos a nosotros.
Es una experiencia profundamente personal y, al mismo tiempo, universal. Todos tenemos un barrio y todos sabemos que la convivencia no surge de manera automática: se construye. Por eso, nos pareció el escenario perfecto para mostrar que vivir juntos no es algo que simplemente ocurre, sino algo que hacemos entre todos, todos los días.
¿Qué encontrará el visitante al entrar a ‘El Barrio: la ciencia de vivir juntos’ y qué hace diferente esta experiencia de una exposición tradicional?
No encontrará vitrinas ni paneles para leer en silencio. Encontrará un barrio diseñado para ser recorrido y vivido: una panadería, un parque, una huerta y otros espacios cotidianos que reconocerá de inmediato. La diferencia es que, durante el recorrido, no será un simple espectador, sino un habitante.
En cada espacio, una investigación se transforma en experiencia. El visitante puede oler, tocar, escuchar, tomar decisiones e interactuar con aquello que la investigación busca comprender. Mientras que en una exposición tradicional la ciencia se observa desde afuera, aquí se experimenta con el cuerpo y desde la propia vivencia. La idea es que las personas no solo comprendan los hallazgos, sino que formen parte de ellos y salgan con la sensación de haber participado activamente en la construcción de conocimiento.
La exposición aborda temas como cuidado, movilidad, alimentación, participación e identidades culturales. ¿Qué tienen en común todos estos temas?
Que ninguno se hace solo: todos tienen que ver con los demás. Son las distintas formas de ese trabajo silencioso y casi siempre invisible de vivir juntos. El cuidado, cómo nos movemos y compartimos el espacio, quién alimenta a quién, cómo decidimos entre todos, quiénes nos permitimos ser frente a los demás. Y todos responden a la misma pregunta de fondo: cómo compartimos un mundo con personas que no son como nosotros. Ahí, en lo de todos los días, es donde de verdad nos ponemos de acuerdo para vivir juntos.
¿Cómo lograron traducir conceptos complejos de ciencias sociales en experiencias sensoriales e interactivas?
Trabajando al revés de como se suele hacer. En vez de arrancar de un concepto y ver cómo explicarlo, arrancamos de lo que descubrió cada investigación y nos preguntamos qué experiencia haría que uno lo sintiera en el cuerpo. Nos sentamos con los y las investigadores para sacar la idea central de cada estudio, y después con diseñadores, artistas y el equipo de montaje para encontrar la imagen, el espacio o el juego que la volviera algo que se puede tocar.
¿Qué nos dice hoy la investigación sobre la manera en que convivimos en las ciudades colombianas?
La investigación muestra que nuestras ciudades son verdaderos laboratorios de convivencia. En ellas confluyen fenómenos como la migración, la desigualdad, el desplazamiento y la informalidad, pero también enormes capacidades de creatividad, resiliencia y solidaridad.
Los estudios revelan que convivir no significa vivir sin conflictos, sino desarrollar la capacidad de gestionarlos sin que destruyan los vínculos que nos unen. También evidencian que gran parte de lo que sostiene la vida urbana descansa en trabajos de cuidado muchas veces invisibles y en redes informales de apoyo que rara vez aparecen en las estadísticas, pero que resultan fundamentales para el funcionamiento de las ciudades.
Quizás una de las principales lecciones es que, aunque solemos pensar que cada persona sale adelante por sí sola, la realidad es otra: dependemos unos de otros mucho más de lo que estamos dispuestos a reconocer.
¿Por qué era importante construir esta exposición junto a comunidades, instituciones públicas y aliados externos?
Porque una exposición sobre vivir juntos no se podía hacer en solitario, habría sido una contradicción. La forma de hacerla tenía que decir lo mismo que la exposición. Las comunidades no eran algo que estudiábamos, eran coautoras; las instituciones públicas la amarraron a la ciudad de verdad y no a una idea de ciudad; y los aliados pusieron cosas que nosotros no teníamos. Construir entre muchos, negociando, cediendo y poniéndonos de acuerdo, fue en sí mismo aprender a convivir. Si la exposición habla de cooperación, lo mínimo era hacerla cooperando.
La exposición reúne espacios cotidianos como una panadería, un parque o una huerta urbana. ¿Qué revelan estos lugares sobre cómo vivimos juntos?
Son los lugares donde nos encontramos, donde ensayamos la convivencia sin darnos cuenta. La panadería es la pequeña economía del barrio y, a la vez, el saludo de cada mañana que hace que dejemos de ser extraños. El parque es la pregunta de quién es el espacio de todos y cómo nos lo repartimos. La huerta es la cooperación pura: cuidar algo lento, en común, para alimentarnos entre todos. Lo que muestran es que la sociedad no se construye con grandes gestos sino en lo de todos los días, en miles de cosas pequeñas que casi ni notamos.
¿Qué esperan que piense, sienta o cuestione una persona cuando termine el recorrido?
Esperamos que salga de la exposición mirando su propia cuadra de una manera diferente. Que reconozca que acciones tan cotidianas como saludar al tendero, ceder el asiento o cuidar de alguien no son gestos menores, sino prácticas fundamentales para la vida en comunidad. En cierto sentido, son también actos políticos, porque contribuyen a construir la sociedad que compartimos.
Nos gustaría que comprendiera que la convivencia no es algo dado ni garantizado, sino una construcción permanente, frágil y colectiva, en la que cada persona tiene un papel que desempeñar. Y, sobre todo, que se lleve la certeza de que las decisiones y acciones de todos los días tienen un impacto real en la manera en que vivimos juntos. Si alguien termina el recorrido con una mezcla de asombro, reflexión y sentido de responsabilidad, sentiremos que la exposición cumplió su propósito.
Si tuvieran que resumir ‘El Barrio: la ciencia de vivir juntos’ en una sola idea, ¿cuál sería?
Que la convivencia no puede darse por sentada: se construye todos los días y entre todos. El Barrio: la ciencia de vivir juntos parte de una idea sencilla pero fundamental: vivir juntos es, al mismo tiempo, un objeto de estudio que la ciencia investiga con rigor y una práctica cotidiana en la que todos participamos. La exposición busca mostrar que comprender cómo convivimos es tan importante como asumir que cada uno de nosotros tiene la capacidad —y la responsabilidad— de contribuir a hacerlo mejor.