Hecho por: María Paula Chavarro
En Colombia la ley 115 de 1994, ley general de educación, plantea que la educación sexual es un derecho y es obligatorio que las instituciones la brinden de manera transversal a través de otras asignaturas obligatorias (Biología, Español, Ciencias Sociales, y demás). Pese a esto, la ley no es clara respecto a lo que significa ¿Qué es eso de la educación sexual? Así las cosas, hay diversas formas tan amplias de entender qué es la educación sexual que puede ser cualquier cosa en la práctica. Lo cierto es que el garantizar este derecho queda en un segundo plano de manera estructural por diversas razones: pudor, censura, falta de priorización e incluso falta de capacitación.
Si nos remontamos a 1930, en Latinoamérica se instalaba un auge de ideas fascistas que buscaban la “purificación de la raza”. Partiendo del Darwinismo Social, una pseudociencia de bata blanca que había “demostrado” que existían “razas inferiores” y “razas superiores”. Nancy Stepan -profesora de la universidad de Columbia- encontró que en la región se implementaron medidas eugenésicas como la esterilización para evitar el nacimiento de la población afro e indígena. Sin embargo, la iglesia se oponía fuertemente a estas medidas abogando que iban en contra de la voluntad de Dios y en su lugar preferían “La Educación Sexual”. Esta medida en principio consistía en educar a las mujeres para que buscaran contraer matrimonio con un candidato propenso a “mejorar la raza”. Aunque con el tiempo la eugenesia cayó y se demostró que tal cosa denominada “la raza inferior no aria” era una falacia, aun nos quedan rezagos racistas de estas políticas estructurales.
Por su parte, la educación sexual ha seguido teniendo un enfoque catalizador sobre la decisión de las mujeres que busca controlar ¿Quién sí puede tener hijos? En la actualidad la literatura sobre educación sexual y las instituciones educativas en Colombia están fuertemente orientadas hacia un enfoque de salud sexual y reproductiva centrado en las enfermedades e infecciones de transmisión sexual y en la prevención del embarazo. Además de hacer uso del miedo como campaña, este enfoque nos propone que “si no tenemos las condiciones de vida dignas socioeconómicamente, no deberíamos poder ser madres”, sin problematizar ¿por qué las mujeres no tienen condiciones de vida dignas?, ¿por qué la pobreza, según Naciones Unidas, se acumula en las mujeres y personas de ascendencia étnica?, ni mucho menos ¿por qué hoy en día, según el DANE, las mujeres colombianas dedican a las labores del hogar 16 horas a la semana más que los hombres?
Vivimos en una sociedad en la cual el 60% de los asesinos de mujeres y niñas son sus parejas sentimentales o familiares. En un mundo donde la Organización Mundial de la Salud reporta que una de cada tres mujeres ha sido violentada física y/o sexualmente. En el que los hombres no entienden lo que es el consentimiento y siguen viendo a la mujer como el otro sexo, la subalterna, la inferior, la cosa. En el que los referentes de éxito siguen estando asociados a los hombres en todas las áreas y sobre todo en lo STEM (Science, Technology, Engineering, Math), la política y el deporte. En el que en el patio de un colegio los hombres ocupan más espacio que las mujeres. En el que en el sistema educativo las mujeres tienen un mayor riesgo de deserción y menos posibilidades de acceso. Y una Colombia cuya mejor universidad pública en una investigación de su autoría reporta que su prueba de admisión tiene sesgos de género en las áreas de matemáticas e interpretación de imagen y que en efecto es más fácil que un hombre ingrese a esta institución.
¿Cuándo pasaremos de la “educación” del orden disciplinante y del “cierre las piernas mijita” a una Educación Sexual verdadera que desordene el patriarcado y el colonialismo cuestionando estas cifras que evidencian la desigualdad? Alguna vez Florence Thomas declaró que somos unas analfabetas del amor y dijo que «si fuera ministra de educación pondría el amor como materia obligatoria en los once cursos del colegio». Sus palabras no pueden ser más pertinentes porque hablar de sexualidad, de sexo y de género, es en buena medida hablar del amor y del cuidado. Hablar de mujeres que aman mujeres sin dejar de serlo, hombres que aman hombres sin dejar de serlo y personas trans o no binarias libres para ser, amar y ser amadas.
Colombia necesita repensarse la Educación Sexual, la ley general de educación y el mandato patriarcal del estado que no ha empezado a transformar sus instituciones, ni a golpear la inequidad fuertemente por el lado de la educación. Más allá de disciplinarnos sexualmente para que no hagamos, el rol de la escuela es hacer una constante invitación a problematizarnos la sexualidad, el sexo y el género desde la interseccionalidad. La Educación Sexual no puede seguir siendo cualquier cosa, en cualquier momento, transversalmente en cualquier materia que termine siendo ninguna.