Hecho por: Lina Álvarez Villarreal
Cuando hablamos de feminismos y de la relación mujeres-política, tendemos a pensar en las luchas por la paridad de participación en estructuras estatales, por la igualdad de salarios o de derechos sexuales y reproductivos de las mujeres. Aunque todos estos procesos constituyen auténticas demandas de emancipación, pueden ocultar la existencia de otro tipo de feminismos que están abriendo la posibilidad misma de pensar y practicar lo político. Me refiero a los feminismos críticos latinoamericanos (“FCL” en adelante). En este texto me limitaré a enunciar sus características principales y la potencialidad transformadora que en ellos encuentro.
Partiendo de la experiencia vivida de los pueblos indígenas, afros y campesinos de América Latina y de sus teorizaciones sobre la violencia patriarcal, los FCL han puesto en evidencia que el patriarcado moderno encuentra sus bases en complejas estructuras de poder que coproducen el género, la raza y la clase. A pesar de que los feminismos latinoamericanos no constituyen una sola corriente (existen los feminismos comunitarios, los decoloniales, los campesinos, entre otros), comparten las siguientes características: 1) el uso de la perspectiva de género para comprender nuestra escena histórica en su totalidad y no sólo la situación de un grupo restringido de la sociedad (por ejemplo, el de las mujeres); 2) su objetivo no es la obtención de poder dentro de espacios institucionales propios de la política modernidad (como el Estado o el mercado capitalista) sino la regeneración de la vida a través de prácticas cotidianas en donde se fomente la capacidad colectiva de tomar decisiones en lugar de su monopolización en pocas manos; 3) el interés en visibilizar y construir una política no centrada en la forma-Estado sino en maneras divergentes de organizar la toma de decisiones que aseguren la posibilidad de intervenir a aquellas personas que les interesa un asunto porque les afecta; y 4) visibilizar e impulsar formas de economía que, en lugar de buscar la acumulación o el crecimiento de capital, den lugar a la construcción colectiva de la autonomía de las mujeres y de sus pueblos en lo que concierne a la capacidad de decidir y de disponer de los medios materiales y simbólicos necesarios para la regeneración de la vida.
Lo interesante de estos feminismos es que nos permiten pensar la política en términos divergentes a los que la academia moderna nos ha habituado (desde las duplas público-privado, política-economía, política=Estado, etc.), iluminando otras escenas en donde lo político tiene lugar aunque bajo una lógica diferente. Así, los FCL ven en la esfera de la reproducción de la vida (humana y más que humana) –dimensión históricamente asignada a las mujeres– no tanto como un vector de dominación sino un espacio privilegiado para encontrar “tecnologías de sociabilidad” que ya están en marcha y que pueden enseñarnos sobre maneras menos violentas de relacionarnos con los otros (mujeres, personas de género no heteronormativo, pueblos racializados y tierra) y, por lo tanto, maneras alternativas de organizar la economía, la política y nuestro deseo. Las prácticas sociales que se despliegan en la esfera de la reproducción de la vida pueden dar lugar a lo que las feministas latinoamericanas llaman una “política en femenino” que se caracteriza por articularse alrededor de los siguientes ejes: 1) el cuidado, entendido como el compromiso colectivo con la reproducción de la vida en su conjunto, humana y no humana; 2) la reciprocidad, entendida como la reapropiación o redistribución social de la riqueza y los bienes producidos colectivamente que garantizan la reproducción de la vida ; 3) el arraigo en los lugares donde vive la gente; y 4) la interdependencia entre los diferentes seres del cosmos, humanos y no humanos.
No se trata entonces para estos feminismos de llevar a la esfera pública las cuestiones llamadas “privadas” de las mujeres, sino de introducir en las distintas esferas de la sociedad la lógica femenina desarrollada en el ámbito de la reproducción de la vida, un punto que marca la diferencia con respecto a otros feminismos cuyo objetivo es la inclusión de las mujeres en el marco institucional del Estado o en la esfera capitalista del mercado sin alterar los pilares de uno o del otro. Por eso, el camino que los feminismos latinoamericanos proponen es el de “domesticar la política”.
Si partimos del postulado según el cual los términos que empleamos para conocer la realidad tienen un efecto material, histórico y político porque influyen en la comprensión de los problemas y en la manera de resolverlos, resulta evidente que una transformación en la perspectiva puede contribuir a la transformación de la realidad. Los FCL nos ofrecen una perspectiva alternativa que ilumina ámbitos de la realidad históricamente excluidos y, al hacerlo, nos permiten acceder no sólo a formas de dominación que han permanecido impensadas, sino también a formas alternativas de organizar las relaciones sociales de las que podemos aprender para salir de la repetición compulsiva en la que se encuentra la política contemporánea. En este caso, la tarea de la teoría es cambiar de perspectiva y cartografiar esas prácticas de sociabilidad que se han ido gestando en la larga historia de los pueblos bajo lógicas alternativas a las de la dominación y las jerarquías. Al mostrar la existencia de otros caminos diferentes a los de la política estatal y partidista, los FCL hacen algo que considero vital hoy en día para introducir el cambio en la historia: abren el espacio de lo posible e impulsan nuestro deseo de transformación.