Hecho por: Emilio Niño
Las guerras terminan en papeles, en apretones de manos, en discursos solemnes. Pero la paz no se firma: se siembra, se insiste, se construye con terquedad en la vida cotidiana. Y son las mujeres quienes, con manos que sostienen y voces que no tiemblan, han convertido el posconflicto en un terreno donde la esperanza echa raíces. No reconstruyen ruinas, construyen futuros. No callan la historia, la reinventan. Donde hubo miedo, ahora florece el coraje; donde reinó el silencio, alzan la palabra como bandera.
No piden permiso, no esperan turnos: toman su lugar en la historia con la naturalidad de quien siempre ha estado allí, pero nunca fue vista. En la política, en el arte, en la tierra herida que aún respira, hacen de la resistencia una forma de creación. Patricia Ariza lleva la memoria a los escenarios, pintando con teatro las cicatrices de un país que aún busca entenderse. Alexa Rochi, exguerrillera, desanda los pasos de la guerra y en vez de empuñar un fusil, empuña una cámara, convirtiendo su historia en un testimonio visual que desafía el olvido y ofrece un puente hacia la esperanza.
De igual modo, Vera Grabe una de las primeras mujeres ex guerrilleras en ser congresistas, hoy trabaja incansablemente en espacios de diálogo, pactando la paz a la cual un dia ella se unió; Desde el campo, Nelly Velandia defiende la tierra y el derecho a la soberanía alimentaria, haciendo de cada parcela cultivada un acto de resiliencia. Teresa Aristizábal Sánchez, fundadora de la Ruta Pacífica de las Mujeres, ha dedicado su vida a tejer redes de mujeres que resisten desde el diálogo y la solidaridad, haciendo de la paz un compromiso colectivo y cotidiano.
Pero esto no se reduce a las mujeres en el espectro público; vemos a las mujeres buscadoras, que vieron en la reconciliación un camino para avanzar hacia la paz, a las campesinas que pese a años de violencia defienden sus raíces, a profesores que se levantan todos los días a entregar conocimiento a niños que en algún momento no tenían esa oportunidad. Como ellas, muchas otras mujeres se han levantado para labrar con su trabajo un futuro que no es herencia, sino conquista. Ellas reinventan la historia y la paz, transformándola en un proyecto colectivo que supera la mera ausencia de conflicto.
Este cambio no es fruto del azar, sino de una lucha constante. En los barrios, en las escuelas, en los talleres comunitarios, estas mujeres tejen redes de solidaridad y empoderamiento. Con cada acción, desde la educación de los jóvenes hasta la organización de comunidades olvidadas, inscriben su nombre en la historia de un país que se rehúsa a vivir encadenado al pasado. La paz se vuelve tangible cuando se construye a pulso, cuando se arriesga cada día el compromiso de transformar el dolor en esperanza.
La paz tiene rostro, tiene manos incansables, es el resultado de la tenacidad de quienes, desde la experiencia vivida, se han comprometido a no permitir que la violencia sea el legado permanente. Así, la paz se teje con hilos de memoria, compromiso y amor, y en cada puntada se reescribe la historia de un país que se niega a olvidarse a sí mismo.
En este escenario de reconstrucción, el coraje femenino es la fuerza que impulsa a toda una nación hacia adelante. La paz, entonces, no es la mera ausencia de violencia, sino la creación de un espacio de convivencia donde cada herida se atiende y cada voz se escucha. Con determinación y un espíritu indomable, ellas demuestran que el cambio es posible y que, en cada gesto, se escribe la historia de un futuro renovado.
El posconflicto tiene rostro de mujer porque son ellas quienes sostienen la vida cuando todo se derrumba. Con acciones que sanan, con palabras que reconstruyen y con luchas que no claudican, han convertido la paz en un acto cotidiano, en una herencia conquistada, no concedida.