Hecho por: Lorena Guacaneme Avila
En cada campaña electoral en Colombia, el feminismo se convierte en una bandera conveniente. Los candidatos prometen paridad, crean nuevas entidades y aseguran que transformarán las condiciones de las mujeres. Pero, una vez en el poder, ¿esas promesas se traducen en políticas concretas o quedan en gestos simbólicos? El actual gobierno es un ejemplo claro de cómo el discurso feminista puede ser instrumentalizado sin generar cambios estructurales.
Cuando Gustavo Petro estaba en campaña, prometió ser el presidente del cambio. Y parte de ese cambio incluía a las mujeres. Su apuesta feminista quedó clara con la elección de Francia Márquez como fórmula vicepresidencial: una mujer afro, del Pacífico, con un largo recorrido en la defensa de los derechos humanos. Francia encarnaba lo que muchos movimientos feministas pedían en política: representación real. Con su presencia, Petro captó un electorado clave y logró consolidar el apoyo de sectores progresistas que veían en su gobierno una oportunidad histórica para las mujeres.
Pero ser feminista en campaña es fácil. Gobernar con una agenda feminista es otro cuento.
Las promesas eran ambiciosas: garantizar el 50% de los cargos públicos para mujeres, integrar a las trabajadoras del hogar al sistema pensional, desarrollar un plan integral contra el feminicidio, asegurar derechos para la población LGBTIQ+ y, por supuesto, la gran apuesta: el Ministerio de Igualdad. Todo sonaba muy bien, pero una vez en el poder, la materialización de estas propuestas empezó a tambalearse.
La primera gran promesa fue la creación del Ministerio de Igualdad, con Francia Márquez a la cabeza. Pero, más allá del gesto simbólico, el Ministerio tardó más de un año en despegar y, cuando finalmente se oficializó, se encontró con un problema clásico en la política colombiana: no tenía plata. Sin presupuesto suficiente, cualquier intención de cambio estructural quedó reducida a buenas intenciones. Luego, Francia Márquez dejó el cargo, y con su salida, la falta de relevancia del Ministerio se hizo evidente.
Mientras tanto, dentro del mismo gobierno, la coherencia feminista tambaleaba. Armando Benedetti, denunciado por presunto maltrato a su exesposa, ocupó altos cargos en el gobierno y hasta sonó como Ministro del Interior. Esto generó tensiones dentro del gabinete y mostró la contradicción entre el discurso feminista y la realidad política del Ejecutivo.
La promesa de paridad de género en el gobierno tampoco se sostuvo. En agosto de 2022, el gabinete de Petro inició con 9 mujeres y 8 hombres, alcanzando una representación femenina del 52.9%. Sin embargo, para finales de 2023, varias ministras dejaron sus cargos y fueron reemplazadas por hombres, reduciendo la participación femenina al 35.3%. Esta caída en la representación incumplió la meta del 50% de paridad de género, evidenciando la falta de una política sostenida para garantizar la equidad en el alto gobierno.
En cuanto a las políticas concretas, tampoco hubo avances significativos. Se prometió integrar a las trabajadoras del hogar al sistema pensional, pero no hay medidas claras al respecto. El plan integral contra el feminicidio quedó en el aire, sin una estrategia contundente ni resultados visibles. En temas de derechos LGBTIQ+, se habló de soporte médico y psicosexual para la población trans, pero el gobierno no ha implementado políticas claras en esta materia.
Y en el terreno más crítico, la seguridad de las mujeres sigue sin garantías reales. A pesar del discurso de Petro contra la violencia de género, los feminicidios no han disminuido de manera significativa. En 2023, se registraron 630 feminicidios en Colombia, lo que equivale a casi dos casos diarios. Además, los mecanismos de protección continúan siendo insuficientes: en 2024, se notificaron 66.621 casos de violencia de género, de los cuales el 75,6% fueron contra mujeres. A pesar de estas alarmantes cifras, muchas solicitudes de medidas de protección no fueron atendidas oportunamente, dejando a las víctimas en una situación de vulnerabilidad extrema.
Entonces, ¿qué queda del feminismo que Petro usó en campaña? Más simbolismo que hechos.
Nombrar mujeres en altos cargos no es suficiente si no hay una agenda clara con presupuesto y ejecución real. Crear un Ministerio de Igualdad sin recursos es como prometer una casa sin cimientos. Hablar de feminismo mientras se mantienen figuras cuestionadas en el gobierno es una contradicción. Y decir que se está con las mujeres, pero no garantizar sus derechos más básicos, es simplemente usar el feminismo como herramienta política sin un compromiso real.
El problema no es exclusivo del petrismo. La instrumentalización del feminismo es una estrategia recurrente en la política colombiana, donde se usa para captar votos sin que se traduzca en cambios reales. Sin embargo, es particularmente grave cuando viene de un gobierno que se presentó como el más progresista en la historia del país
Porque el feminismo no es solo un discurso bonito en campaña. Es coherencia, es recursos, es políticas públicas efectivas. Y si eso no se cumple, no es feminismo. Es marketing electoral.